Caminando por la vía más concurrida de la ciudad, con Lelín una aventura nos hubo acontecido. Y es que se dice a menudo que no todo lo que brilla es oro, y nada lo es del todo, creo.
Estando en la plaza central de la ya mencionada ciudad, entre jugarretas y pillerías, nos encontramos frente a un viejo de barbas largas y decoloradas, quien nos habló imprevistamente para preguntarnos no se qué cosa. Lo digo de este modo porque no le entendí palabra alguna de lo que dijo, y eso que Lelín, mi amigo y hermano, y yo estamos bien instruidos en descifrar enigmas de todo tipo, como la vez aquella en que dedujimos de manera certera e inequívoca dónde podría estar el tío Walo –cuando fue a comprar lechugas—, o aquella otra en que descubrimos dónde yacían los ratoncillos en las casas de los vecinos, situación que nos trajo consigo unas cuantas moneditas a nuestros bolsillos rotos. Como decía, ni una sola palabra le entendimos al viejujo, pero le preguntamos qué era lo que quería. Nos proponía que si hallábamos a su perro y lo traíamos con él, nos daría unos billetes y cosas para comer. Las fatigas que causan aventuras de esta envergadura son colosales, y ésta es la razón por la cual sin pensar aceptamos llevar a cabo la ya mencionada empresa y nos dispusimos a encontrar al preciado animal.
Luego de tres horas de búsqueda y ya lejos del lugar de inicio de la misión, prodújosenos un hambre terrible, acontecimiento que fue intensificado al darnos cuenta de que estábamos ya a una calle del mercado, donde podríamos mendigar alguna monedita o, quizás, una fruta o algún trozo de pan. Como pasó un buen rato y nada comestible se dignó a aparecerse entre nuestras manos, le puse mis manos en las botas a Lelín y éste, que de nada de recato conoce, trepose en un mesón y sacole de entre las manos a un panadero el pan, lo que más que llenar nuestros estómagos iba a llenar de ira los puños del vendedor. Corrimos por una y otra cuadra y, luego de creer al panadero perdido, apareciósenos frente a frente y nos dio un golpe tan fuerte en la testa, que se nos puso todo negro y vimos a un montón de pequeñas chispas saludarnos desde lo lejos.
Despertome Lelín sacudiendo mi elegante jardinera, apuntaba hacia una calle y gritaba: “¡El perro, el perro!”. Atolondrado y un poco desconcertado, pensé que se trataba de una situación de máximo riesgo, motivo por el cual salí corriendo con mi trasero apretadísimo y dime con un poste en toda la cara, recobrando la conciencia y diciéndole a Lelín que lo capturásemos cuanto antes.
Cuando le llevamos el perro al vagabundo, nos dijo éste que merecíamos una buena paga por favorecerlo en cuanto él solicitaba, por lo que nos dio una bolsita de papel que pesaba más de lo que deseábamos y, descontrolados por la emoción del premio, corrimos con desmesurada prisa a pagarle el pan robado al panadero, pan que, a decir verdad, no recordamos hasta el día de hoy dónde quedó. Llegamos donde el vendedor de panes, tomé la bolsa desde la base y quise arrojar el suculento botín en la mesa del vendedor, pero cuando vimos que nada de lo que salía de la bolsa brillaba ni era más que un montón de piedras, pensó el tipillo que se trataba de una nueva broma y, en consecuencia, debiéronse poner en marcha nuevamente nuestros zapatillos, bueno, los dos zapatos de Lelín junto a mi zapato y mi calcetín, ya que misteriosamente perdí uno de los míos y, ahora que lo pienso, pudo ser corriendo la vez pasada del mismo amasador que ya mencionamos.
Esa vez no nos alcanzó, ya que nos dimos cuenta de que tomó un atajo y, luego de ver esto, lo seguimos enseguida. Corrió hasta que se cansó, cuando, de pronto, lo saludó un pescador de la caleta y, en el momento en que acercose a la orilla a devolverle el saludo, corrió Lelín con todas sus ganas y diole una tremenda patada en la nalga derecha con tanta fuerza al desgraciado, que los gritos terminaron transformándose en burbujeos. Reímosnos a carcajadas y, aunque con el estómago vacío, nos fuimos de lo más felices a seguir buscando al tío Walo.
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