Cantando y dando saltos por los campos de fuera del pueblo, iba junto a Lelín buscando qué hacer en una mañana nublada. El frío se nos metió entre las jardineras y apretonos nuestros pilines, queriendo echar el líquido sobre cualquier arbolillo que se nos presentara cercano. Me distraje un momento y Lelín sacó lo suyo al aire, cuando de pronto lo oí decir: “¡¿Quién anda ahí?!”. Exalteme de inmediato y corrí a ver qué pasaba, pero sólo vi a Lelín sobándose la cabeza –la que tiene ojos, naturalmente—. Estaba sentado y tenía mojado con orina todo el trajecillo.
Pasó un momento y golpeole la cabeza una piedrecilla, y comprendimos en ese instante que alguien nos estaba vigilando por allí. Nos tomamos los brazos, quedándonos a espaldas el uno del otro, giramos como condenados y nos resbalamos por un barranco cercano, conduciéndonos hacia la falda del cerrillo, donde, al abrir los ojos, Lelín se encontró con unas piernas y unos calzones dentro del vestido de una muchachuela que se reía de él sin parar. Lelín, cariacontecido, abrió los ojos a más no poder y gritó: “¡Santísimas barbillas de Zeus!”. Desmayose y no supo más.
Pasó una semana y mi joven amigo Lelín tenía una cara de menso que pesaba más que un saco de papas al hombro, no dijo mucho durante todo este tiempo y sacaba flores de cualquier arbusto, metiéndolas en su bolsito, que ganó en la ruleta de la suerte de la Feria Central. “¡Suelta una palabra, Lelín!” –dije yo—; él me sonrió con cara atolondrada. De inmediato comprendí que se trataba de un enamoramiento.
Buscamos como locos a la niña que enamoró a mi amiguín, pero no encontramos más que calles y más calles, hambre y más hambre, sueño y más sueño. De pronto, apareció. Lelín corrió hacia donde estaba la muchacha, quien, a decir verdad, vestía un vestido hermoso, muy elegante –quizás nuestras jardineras ya no me parecen tan suntuosas desde ese entonces—. Como decía, corrió con todas sus ganas –Lelín es un grandísimo corredor—, metió la mano en su bolso y sacó las flores que había juntado durante toda la semana, pero, al darse cuenta de que los colores rojos, amarillos, púrpuras y azules ahora eran cafés y quebradizos, lanzose a llorar al suelo y le produjo tan grande gracia a la muchacha, que lanzó una risa estruendosa y corrió hacia donde sus amigas, quienes la esperaban atentas desde una esquina. Todas se reían sin parar y burlábanse de mi queridísimo primo, lo que me motivó a coger del suelo una piedra y lancela con tanta fuerza, que le dio en la cabeza al guardia del banco del pueblo. Afortunadamente, pensó que lo hicieron las niñas, puesto que estaban más cerca de él y, obviamente, sus risas se tradujeron en una supuesta acusación.
Nunca más volvimos a verla, pero, por suerte, a Lelín ya se le ha olvidado.